Para llegar al mirador hemos tomado el metro hasta la estación de Martim Moniz, en un viaje de menos de 20 minutos. Todos los trayectos en el metro de Lisboa son cortos porque es muy pequeño, de juguete comparado con los de París, Londres o Madrid, tiene únicamente 5 líneas, cada una identificada por un color y por un dibujo: una flor para la amarilla, un barco para la verde, una rosa de los vientos en la roja... Es un metro fácil de comprender por cualquiera, rápido y eficiente, como la mayoría de los transportes públicos aquí. Los autobuses son frecuentes, tienen el recorrido bien indicado en las paradas - postes o marquesinas amarillas - y avisan del tiempo de espera hasta el siguiente de cada linea en un panel electrónico.
Pero de todas las posibilidades para moverse por Lisboa, la mejor es el tranvía. Los mas antiguos, los que circulan por el centro histórico, permiten ver la ciudad desde tu asiento, con las ventanillas bajadas, traqueteando poco más rápido de lo que corre una persona, y añaden el aliciente romántico de moverte como lo han hecho durante décadas las gentes de esta ciudad.

Desde Martim Moniz al mirador de Gracia se llega por una penosa subida iniciada en la Rua dos Cavaleiros, que más adelante se transforma en la Calçada de Santo André, hasta encontrarnos con la Rua dos Lagares, de donde sale un empinado tramo de escaleras hasta el mirador. Arriba un pequeño parque con una terraza donde tomar un café, la blanca e imponente iglesia de Graça y un largo muro de piedra desde donde uno puede asomarse a la ciudad.
La vista de Lisboa desde los miradores muestra la ordenada disposición con que reconstruyó la ciudad el Marqués de Pombal. La verdad es ahora nos parece lógico que, teniendo que reconstruir una ciudad, uno se pare a intentar diseñarla como una cuadrícula donde todo quede ordenadito y fácil de encontrar, pero por otra parte hay que imaginarse lo que tenía que ser toda esta zona arrasada, con decenas de miles de muertos que enterrar y aún más heridos que curar, gente hambrienta, desesperada, con sus casas derruidas.... la verdad es que para tener la sangre fría de ponerse a hacer diseños en ese momento el marqués tenía que ser un tipo con, perdón por la confianza, un buen par de huevos. Y quizá también con una visión un poco más distante de la tragedia, porque es seguro que él seguía comiendo y durmiendo bajo techo a diario.

Abandonamos la zona del barrio obrero de Graça en un tranvía, el 28, que nos lleva a comer al barrio de la Baixa, concretamente a uno de sus restaurantes más famosos; turístico y más caro que los típicos bares familiares que hay por el casco antíguo, pero que merece la pena visitar: la Cervecería Trindade. En temporada alta conseguir una mesa puede llevar un rato de espera, pero hoy no hay ningún problema. Lo más difícil es recomedar algo porque todo está buenísimo, mejor dejarse llevar por las descripciones de la carta, que abren el apetito a cualquiera.

La zona donde nos encontramos, el barrio de Chiado, contiguo al de la Baixa, es de nuevo zona alta de la ciudad, y se sirve de un ascensor para dejarnos a nivel del mar otra vez: el elevador de Santa Justa. Esta mole de hierro, construido por un discípulo de Eiffel, anda ya por el siglo de vida pero sigue funcionando como un reloj para salvar los 32 metros de altura que separar los dos barrios vecinos. Desde la terraza que hay sobre su techo merecen la pena las vistas de la plaza del Rossio, con el teatro nacional y la estatua de don Pedro IV, la plaza de Restauradores con su monolito alzado en honor a la reconstrucción, y de las cuadriculadas calles que trazara el Marqués para reconstruir la Baixa. La pasarela por la que abandonamos el ascensor tras subir, pasa junto a un pequeño restaurante y, más adelante, permite acercarse a las ruinas de la iglesia do Carmo, cuyo único techo desde el terremoto son los arcos de piedra de las bóvedas, que le dan el aspecto del esqueleto de algún gran animal muerto hace tiempo.
El anochecer nos encuentra deambulando de nuevo por el barrio de Chiado, más arriba de las Rua Nova, donde se encuentra la Cervecería Trindade, en un apretado amasijo de calles estrechas llenas de bares y restaurantes. Esta es zona para salir a divertirse, incluso un martes como hoy, y las calles se abarrotan de gente con ganas de juerga, muchos locales montan terrazas en escaleras y calles ya de por sí estrechísimas, lo cual obliga a los taxistas que andan por allí a la caza de clientes a conducir con precisión quirúrgica entre bancos, mesas y sillas atestadas de gente comiendo y bebiendo. Un senegalés alto, vestido con una túnica marrón, nos cuenta su vida intentando colocar de paso unas pulseras. Cruzó el estrecho en 2003 y vivió algunos años en el barrio de Lavapiés, en Madrid, pero en España no había quien consiguiese papeles y eso le trajo a Portugal; país más acogedor según él. Aun así recordaba con cariño su años en España, "buen barrio Lavapiés, con gente de todas partes" decía con una sonrisa que descubría sus blancos dientes.La cena fue sencilla, en una Garrafeira, sentados en un banco de la calle, entre la gente que subía y bajaba incesantemente: vinos verdes y tintos, raciones de chorizo frito con patata asada y una ensalada de queso y tomate. La calle en Lisboa es cálida y acogedora, la brisa del atlántico es fresca y la noche se alarga por la pura pereza de no iniciar el camino de vuelta al hotel
Lisboa, 6 de Julio.
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