lunes, 11 de julio de 2011

Lisboa descubridora

Hoy empezamos nuestro último día en Lisboa, la parte más descansada y fácil de este viaje. Los cinturones sufren tras dos días de buen comer y buen beber, porque es imposible dejar pasar una comida sin su botellita de vino verde o su par de Sagres, la marca de cerveza que más se consume por toda Lisboa.

Nos dirigimos hacia el oeste de la ciudad, lo que obliga a un trayecto de 40 minutos largos en autobús y nos permite ver la zona donde vive la mayoría de la gente, fuera de los barrios viejos y más turísticos. Las largas avenidas que bajan por Saldanha hasta la plaza del Marqués de Pombal, las callejuelas de los barrios de Estrela, Lapa, Alcántara... Realmente Lisboa no es una ciudad pequeña, pero toda la actividad turística se concentra en los barrios de Alfama, Baixa-Chiado, el Barrio Alto y más retirado y desconectado de los anteriores: Belem.

Belem es una especie de complejo de atracciones turísticas presidido por la famosa torre de Belem, pero donde también encontraremos el monumento a los descubridores, el impresionante convento de los Jerónimos, museos como el Naval, el Arqueológico y el de carruajes o el planetario Calouste Gulbenkian de Lisboa. Las distancias entre ellos no son pequeñas para ir caminando, así que visitar esa zona es un buen ejercicio para quemar tanto guisote portugués.

El autobús nos deja al principio de la Rua de Belem, ya cerca del convento de los Jerónimos, en el que nosotros hoy no entraremos pero que merece la pena para quien venga por primera vez. Caminamos hacia un paso subterráneo que cruza bajo una ancha avenida para dejarnos junto a la inmensa mole - 52 metros de altura tiene la piedra - del monumento a los descubrimientos. La escultura, con forma de carabela, muestra a los grandes descubridores portugueses y a los reyes que fueron sus mecenas: con Magallanes, Vasco de Gama o Pedro Álvares, descubridor de Brasil, entre ellos.



Desde los descubridores hasta la torre de Belem hay un ratito de paseo junto al anchísimo Tejo, con buenas vistas al puente del 25 de Abril y, al otro lado del río, de la imponente estatua del Cristo Rey.

Como hoy no es un día de mucho ajetreo, la cola de entrada a la torre es cortita y no entretiene más de 15 minutos. Una vez dentro caminamos por la base circular donde se distribuyen cañones frente a troneras abiertas en la pared, aunque hoy ya tapadas por cristales, destinados a defender el sitio de los navíos que pudiesen aproximarse desde el Atlántico; debajo es posible entrar en la sala abovedada, que sirvió como prisión hasta el siglo XIX.

En cualquier caso lo más atrayente de la torre pasa por subir los 90 escalones de la estrecha escalera de caracol, que nos van mostrando en cada piso estancias vacías, adornadas por la arquería renacentista tallada, y mejores vistas sobre el Tajo a medida que subimos. La gran terraza sobre el techo ofrece una ámplia panorámica sobre el río y toda la zona monumental de Belem.



Al salir de la torre es una gran idea acercarse un rato a una pequeña terraza que se esconde más allá, continuando unos pocos metros en dirección opuesta al monumento a los descubrimientos, y disfrutar de un café y un pasteis de nata junto al río, bajo la sombra de los pinos. El sitio, barato y muy agradable, se llama Café do Forte.

La bica y el pasteis de Nata son otra gran costumbre de los de por aquí. La bica es un expresso corto, garota si se añade un poco de leche al estilo del cortado, caliente, dulce y fuerte, para tomar en un par de sorbos, que puede acompañarse de un pastel de hojaldre con crema un poco quemado por arriba (se puede pedir mas o menos morenito, faltaba más), que viene a ser el citado pasteis de nata. Una bica y uno de estos pasteis inyectan una dósis concentrada de azúcar y cafeína en el cuerpo que te pone en un minuto como para echarte a la mar y darle la vuelta al mundo, igual que Magallanes.

Después del tentempié hacemos una paradita por el planetario Gulbenkian, que está frente al convento de los Jerónimos, y entramos a ver una proyección corta, de media hora y en perfecto portugués. La astronomía es una de mis grandes aficiones, y siempre que voy de viaje busco si por la zona hay algún observatorio o planetario a tiro de piedra que pueda pasarme a ver. A menudo son visitas sorprendentes, en el de Lisboa he encontrado un inmenso reflector de medio metro, construído por un fulano de la nobleza portuguesa, que durante años fué el telescopio más grande de la península ibérica. El trasto, aunque muy pequeño para los estándares actuales, levantaba sus buenos 3 metros y medio y debía pasar de los 100 kg. de peso. También es muy curioso el viejo proyector Zeiss que utilizaba el planetario hasta el 2004, ahora expuesto en las salas adyacentes a la sala de la cúpula.

Y bueno... ¿se come para seguir viaje o se viaja para hacer algo entre las comidas? Nuevamente buscamos un sitio para darle al buen yantar y encontramos un restaurante con una agradable terraza en la rua Vieira Portuense, frente a un parquecillo. El sitio se llama Bem Belem y está junto a varios más, con idénticas terrazas, incluído un italiano y un McDonalds. El siguiente también ofrece comida portuguesa y, por la pinta que tenía un arroz con marisco que pasó cerca, no debía ser tampoco mala elección. Para nosotros fue turno de pescado a la parilla: salmón y róbalo (lubina) con sus correspondientes patatas y judías al vapor, queso para empezar y un postre de la casa a base de crema de caramelo y nata para cerrar el homenaje, ¡Qué dura es la vida del viajero!

Por la tarde nos acercamos hasta el barrio de Chiado y entramos a tomar algo a un bar de la calle Rua de Noticias, la Tasca do Chico, donde los lunes y los miércoles se cantan fados. Para oir un fado en Lisboa hay dos opciones: los restaurantes de fado, más turísticos, donde te cobran la cena un poco más cara y te incluyen la actuación de un/una fadista vestida para la ocasión, y las tabernas y bares pequeños, como este, donde se arranca a cantar quien quiere o se acuerdan actuaciones de forma más informal para que el personal las disfrute tomando algo. Las dos formas merencen la pena. Nosotros estuvimos una hora en el abarrotado bar, con un fadista y dos guitarras, que parecieron bastante buenos a mi corto entender, y unas caipiriñas bien ricas para bajar el calor.

No hubo cena de despedida por todo lo alto, paramos en el primer sitio que encontramos por la plaza de Restauradores y comimos cualquier cosa y una Sagres. En las zonas turísticas los camareros pueden ser un poco pesados en su afán de ofrecerte su carta y su restaurante por la calle, pero en los sitios normales encuentro agradable su actitud: son atentos y amables, pero no serviles, y parecen valorar más un cumplido a la comida que una propina (en algún sitio he leído que se espera el 10% de la factura pero jamás me lo ha parecido).

Con esto acaba el tercer día por la ciudad de Tejo. Mañana por la mañana cambiamos el continente, el idioma, la moneda, el horario y hasta las clavijas de los enchufes.




Lisboa, 6 de Julio

Miradores de Lisboa

Hoy después del desayuno hemos ido a escalar, buscando el mirador de Gracia. A los lisboetas les gusta decir que Lisboa se asienta sobre siete colinas, igual que Roma, lo que se traduce en una ciudad donde se cruzan infinitos planos; no se puede ir hacia ningún lugar, ya sea a pie, en tranvía o en autobús, sin subir o bajar empinadas cuestas.

Para llegar al mirador hemos tomado el metro hasta la estación de Martim Moniz, en un viaje de menos de 20 minutos. Todos los trayectos en el metro de Lisboa son cortos porque es muy pequeño, de juguete comparado con los de París, Londres o Madrid, tiene únicamente 5 líneas, cada una identificada por un color y por un dibujo: una flor para la amarilla, un barco para la verde, una rosa de los vientos en la roja... Es un metro fácil de comprender por cualquiera, rápido y eficiente, como la mayoría de los transportes públicos aquí. Los autobuses son frecuentes, tienen el recorrido bien indicado en las paradas - postes o marquesinas amarillas - y avisan del tiempo de espera hasta el siguiente de cada linea en un panel electrónico.

Pero de todas las posibilidades para moverse por Lisboa, la mejor es el tranvía. Los mas antiguos, los que circulan por el centro histórico, permiten ver la ciudad desde tu asiento, con las ventanillas bajadas, traqueteando poco más rápido de lo que corre una persona, y añaden el aliciente romántico de moverte como lo han hecho durante décadas las gentes de esta ciudad.



Desde Martim Moniz al mirador de Gracia se llega por una penosa subida iniciada en la Rua dos Cavaleiros, que más adelante se transforma en la Calçada de Santo André, hasta encontrarnos con la Rua dos Lagares, de donde sale un empinado tramo de escaleras hasta el mirador. Arriba un pequeño parque con una terraza donde tomar un café, la blanca e imponente iglesia de Graça y un largo muro de piedra desde donde uno puede asomarse a la ciudad.

La vista de Lisboa desde los miradores muestra la ordenada disposición con que reconstruyó la ciudad el Marqués de Pombal. La verdad es ahora nos parece lógico que, teniendo que reconstruir una ciudad, uno se pare a intentar diseñarla como una cuadrícula donde todo quede ordenadito y fácil de encontrar, pero por otra parte hay que imaginarse lo que tenía que ser toda esta zona arrasada, con decenas de miles de muertos que enterrar y aún más heridos que curar, gente hambrienta, desesperada, con sus casas derruidas.... la verdad es que para tener la sangre fría de ponerse a hacer diseños en ese momento el marqués tenía que ser un tipo con, perdón por la confianza, un buen par de huevos. Y quizá también con una visión un poco más distante de la tragedia, porque es seguro que él seguía comiendo y durmiendo bajo techo a diario.



Abandonamos la zona del barrio obrero de Graça en un tranvía, el 28, que nos lleva a comer al barrio de la Baixa, concretamente a uno de sus restaurantes más famosos; turístico y más caro que los típicos bares familiares que hay por el casco antíguo, pero que merece la pena visitar: la Cervecería Trindade. En temporada alta conseguir una mesa puede llevar un rato de espera, pero hoy no hay ningún problema. Lo más difícil es recomedar algo porque todo está buenísimo, mejor dejarse llevar por las descripciones de la carta, que abren el apetito a cualquiera.



La zona donde nos encontramos, el barrio de Chiado, contiguo al de la Baixa, es de nuevo zona alta de la ciudad, y se sirve de un ascensor para dejarnos a nivel del mar otra vez: el elevador de Santa Justa. Esta mole de hierro, construido por un discípulo de Eiffel, anda ya por el siglo de vida pero sigue funcionando como un reloj para salvar los 32 metros de altura que separar los dos barrios vecinos. Desde la terraza que hay sobre su techo merecen la pena las vistas de la plaza del Rossio, con el teatro nacional y la estatua de don Pedro IV, la plaza de Restauradores con su monolito alzado en honor a la reconstrucción, y de las cuadriculadas calles que trazara el Marqués para reconstruir la Baixa. La pasarela por la que abandonamos el ascensor tras subir, pasa junto a un pequeño restaurante y, más adelante, permite acercarse a las ruinas de la iglesia do Carmo, cuyo único techo desde el terremoto son los arcos de piedra de las bóvedas, que le dan el aspecto del esqueleto de algún gran animal muerto hace tiempo.

El anochecer nos encuentra deambulando de nuevo por el barrio de Chiado, más arriba de las Rua Nova, donde se encuentra la Cervecería Trindade, en un apretado amasijo de calles estrechas llenas de bares y restaurantes. Esta es zona para salir a divertirse, incluso un martes como hoy, y las calles se abarrotan de gente con ganas de juerga, muchos locales montan terrazas en escaleras y calles ya de por sí estrechísimas, lo cual obliga a los taxistas que andan por allí a la caza de clientes a conducir con precisión quirúrgica entre bancos, mesas y sillas atestadas de gente comiendo y bebiendo. Un senegalés alto, vestido con una túnica marrón, nos cuenta su vida intentando colocar de paso unas pulseras. Cruzó el estrecho en 2003 y vivió algunos años en el barrio de Lavapiés, en Madrid, pero en España no había quien consiguiese papeles y eso le trajo a Portugal; país más acogedor según él. Aun así recordaba con cariño su años en España, "buen barrio Lavapiés, con gente de todas partes" decía con una sonrisa que descubría sus blancos dientes.

La cena fue sencilla, en una Garrafeira, sentados en un banco de la calle, entre la gente que subía y bajaba incesantemente: vinos verdes y tintos, raciones de chorizo frito con patata asada y una ensalada de queso y tomate. La calle en Lisboa es cálida y acogedora, la brisa del atlántico es fresca y la noche se alarga por la pura pereza de no iniciar el camino de vuelta al hotel

Lisboa, 6 de Julio.

martes, 5 de julio de 2011

Hacia Lisboa

«O bien arraigarse, encontrar o dar forma a las raíces de uno, arrancar al espacio el lugar que será el nuestro, construir, plantar, apropiarse milímetro a milímetro de la propia casa: pertenecer por entero a nuestro pueblo, saber que uno es de la región de Cevennes o de Poitou. O bien no llevar más que lo puesto, no guardar nada, vivir en un hotel y cambiar a menudo de hotel y de ciudad y de país, hablar, leer indiferentemente cuatro o cinco lenguas; no sentirse en casa en ninguna parte, pero sentirse bien casi en todos los sitios»

Especies de Espacios. Georges Perec

Quizá es que somos genéticamente nómadas y sólo culturalmente sedentarios, quizá la rutina no nos resulta tan natural como pretendemos, el hecho es que llegando el verano, algunos de nosotros necesitamos salir de viaje más que ninguna otra cosa. Nuestro pobre cerebro ha sufrido once meses de ir y volver al trabajo en trayectos prácticamente indistinguibles, de comidas y cenas parecidas como gotas de agua, de ratos de cine, de leer, de trabajar, de hacer deporte, de quedar con los amigos, solo diferenciables en pequeños detalles, parecidos en el fondo como gotas de agua.

Nuestro cerebro, educado por la evolución para dejar con nitidez en la memoria de larga duración solo lo extraordinario, decide ahorrar espacio y empaqueta toda la información parecida, como hacen los algoritmos de compresión de imágenes, dejándonos esa frustrante sensación de: "Si parece que fue ayer cuando volvimos y ya ha pasado casi un año...". Después de once meses de monotonía, necesitamos cambios.

Y hablando de cambios, este año quiero cambiar una cosa: escribiré el viaje día a día, o al menos con toda la frecuencia que pueda, en este blog, para intentar dar las gracias de esta forma a toda la gente que alimenta la red con sus experiencias de viaje, sus recomendaciones, sus consejos y sus vivencias. Siempre he sido un parásito de toda esa información para preparar mis vacaciones, y nunca he devuelto nada. Es justo intentarlo al menos.

El mundo es grande, nuestro bolsillo y nuestro tiempo son exiguos en comparación, así que quizá la parte más dura de todo viaje sea elegir el destino, descartar todos las millones de posibilidades apetecibles y elegir un país, una ruta, una ciudad.

Una elección de esta naturaleza tiene mucho de arbitrario, y mucho de prejuicios, imágenes y preferencias que no merece la pena siquiera intentar justificar. Este año el objetivo será Canadá, la zona Este concretamente. Y punto.

Buscando vuelos apareció una oferta, vía TravelZoo Canada, de la compañía Sunwing, para volar desde "las principales capitales europeas" a Toronto por menos de 400 Euros por persona, ida y vuelta. Madrid no figura entre las principales capitales europeas para estos señores, pero con esos precios en los vuelos se lo perdono. De hecho, casi se lo agradezco, porque así hemos tenido la excusa de pasar unos días en Lisboa, que si parece ser capital principal europea, antes de saltar el charco.

A las 11 de la mañana del 4 de Julio, con un poco de retraso, despegamos desde Barajas con Air Europa (unos 60 Euros por persona, ida y vuelta), en un vuelo que, como es hacia el oeste y saltamos una zona horaria, no durará más que 10 minutos.

Aunque la primera mitad larga del vuelo ha transcurrido de siesta - hay que ver lo bien que funciona la vibración de los motores como somnífero - despierto a tiempo para empezar la aproximación al descenso. Sobrevolamos el delta del Tajo, más nítido que en ninguna foto del Google Earth, y seguimos sobre las playas del atlántico al sur de Lisboa. Ya estamos lo suficientemente bajos como para apreciar el cambiante color del agua, del verde turquesa en los bancos de arena hasta el azul oscuro de las profundidades, con todas las gradaciones intermedias.

El delta del tajo es un ejemplo de los raros deltas invertidos; esto quiere decir que el río forma una gran laguna en la desembocadura, mucho más ancha que el canal donde
finalmente desagua en el mar. De hecho la sedimentación va haciendo más pequeño día a
día este delta, y un día dejará de ser "invertido", cosa que puede que agradezca si es un río un poco susceptible. Hace miles de años el delta ocupaba más del doble de la superficie actual, y hacía un agujero mucho mayor a la nariz de la península ibérica.

En un giro hacia el norte el avión encara la ciudad, sube los aerofrenos, extrae los alerones y los baja para aumentar la superficie alar y compensar la pérdida de velocidad. A veces el ala vibra y se sacude brevemente, como en una expresión del delicado juego de fuerzas que permite volar a un pájaro de hierro que pesa toneladas y no agita jamás sus alas.

Tomamos tierra, recogemos las maletas, hacemos una breve parada antes de salir del
aeropuerto para conseguir la Lisboa Card, y nos dirigimos al hotel en el AeroBus.
Hace una mañana luminosa en Lisboa, los rayos del sol, ya muy alto a estas horas, no
queman tanto como en Madrid gracias a la brisa atlántica. A mediodía casi no llegamos a los 30 grados, a pesar de estar ya en en Julio, gracias al efecto regulador de la temperatura del océano. Por eso, y por muchas otras cosas, pasear por Lisboa es un placer.

Tras instalarnos nos vamos a dar una vuelta y a buscar un sitio para comer. Salimos del metro en Terreiro do Paço, con el tajo hacia el sur y la plaza del comercio al norte. La plaza del comercio es inmensa, se abre totalmente al tajo en el lado donde estamos, y da entrada a la Baixa por el arco del triunfo de la Rua Augusta. El centro está presidido por una estatua ecuestre de bronce de Jose I, montado sobre un caballo con la pata derecha en el aire, que debería significar que murió por culpa de una herida de combate. También se dice que cuando los caballos de las estatuas se esculpen con las cuatro patas en tierra es porque el personaje representado murió en la cama, mientras que si están levantados sobre las patas traseras es porque el infausto jinete dio la vida en batalla.



El hecho es que hay multitud de estatuas que ignoran estas reglas, sin ir más lejos la del propio Jose I, que murió por causas naturales, y deben su configuración más bien a las preferencias del artista: los barrocos sentían debilidad por los caballos con las dos patas delanteras en el aire por el desafío técnico que suponían, mientras que luego, en el siglo XIX, los alemanes imponían criterios diferentes, según los cuales la inmortalización sobre caballos levantados sobre las patas traseras quedaba reservada solo a los más grandes monarcas.

Toda la ciudad actual de Lisboa debe interpretarse alrededor del un hecho trágico que le ha marcado durante siglos: el demoledor terremoto de 1755, que arrasó la ciudad y acabó con la vida de entre 60.000 y 100.000 personas. Sobre la plaza en que nos encontramos, que es terreno ganado al mar, se levantaba el Palacio Real hasta el momento en que el terremoto lo destruyó, junto con su biblioteca de más de 70.000 volúmenes.

El terremoto tuvo su epicentro en el Algarve, pero fue en Lisboa donde se manifestó de forma más violenta, con varios temblores violentos primero y un maremoto desde el atlántico después, que provocaron incendios por toda la ciudad. Se ha calculado que el seísmo alcanzó un 9.0 en la escala de Ritcher, igual a la magnitud del terremoto de Japón de este año.

José I fue el monarca que dirigió los trabajos de reconstrucción, o más exactamente el Marqués de Pombal, en quién delegaba casi todas sus responsabilidades de gobierno y en honor del cual se construyó la plaza que lleva su nombre, situada ahora en el centro de la Lisboa moderna. El arco del triunfo de la Rua Augusta también se erigió en aquella época como símbolo del éxito de la reconstrucción tras el terremoto.

Comemos en un pequeño restaurante cerca de la catedral llamado Rio Coura. El sitio es
Portugal en estado puro, pequeño, modesto, con manteles de papel y mesas demasiado
juntas. Mientras esperamos en la barra pasa uno de los camareros hacia la cocina llevando un salmón de unos diez kilos en la mano. La cocina es sencilla, económica y honesta, el arroz con bacalao es delicioso, como la dorada a la parrilla acompañada de verduras, siempre en su justo punto de cocción. Creo que los postres están bien, pero a eso ya no llegamos.



La tarde-noche se fueron paseando por la Baixa y contemplando la ciudad al anochecer
desde el mirador de San Pedro de Alcántara. Lisboa de noche merece la pena, hace casi frío a pesar de ser Julio y las calles del centro hierven de actividad como en pleno día: la plaza de Restauradores, el largo de Chiado, el café A Brasileira, siempre con música alrededor.

Lisboa, 5 de Julio de 2011


Informaciones prácticas

Hotel Turim Iberia Lisboa (4*): Habitación doble estándar con desayuno: 55 Eur/noche. Junto al metro de Campo Pequeno, donde también para el AeroBus, para ir y volver del aeropuerto en unos 15-20 minutos. El hotel es agradable y una gran opción por el precio, aunque el desayuno es justito y la wifi funcionaba regular.

Restaurante Rio Coura: Rua Augusto Rosa 30. Gran relación calidad precio, muy bueno el arroz con bacalao, el arroz con marisco, los pescados... en general casi todo lo que se pueda encontrar en la carta. 2 personas, 28 euros con café y sin postre.

Restaurante Valentino: Rua Jardim do regedor, al principio de la plaza de Restauradores. Italiano bien decorado y con buena comida, especialmente la pasta fresca. 32 Euros, dos pers. con café y sin postre.

Lisboa card: 12 Eur/día. Transporte gratis en metro, tranvía y autobús, descuentos en museos y actividades turísticas por Lisboa. Se puede adquirir en el aeropuerto