Especies de Espacios. Georges Perec
Quizá es que somos genéticamente nómadas y sólo culturalmente sedentarios, quizá la rutina no nos resulta tan natural como pretendemos, el hecho es que llegando el verano, algunos de nosotros necesitamos salir de viaje más que ninguna otra cosa. Nuestro pobre cerebro ha sufrido once meses de ir y volver al trabajo en trayectos prácticamente indistinguibles, de comidas y cenas parecidas como gotas de agua, de ratos de cine, de leer, de trabajar, de hacer deporte, de quedar con los amigos, solo diferenciables en pequeños detalles, parecidos en el fondo como gotas de agua.
Nuestro cerebro, educado por la evolución para dejar con nitidez en la memoria de larga duración solo lo extraordinario, decide ahorrar espacio y empaqueta toda la información parecida, como hacen los algoritmos de compresión de imágenes, dejándonos esa frustrante sensación de: "Si parece que fue ayer cuando volvimos y ya ha pasado casi un año...". Después de once meses de monotonía, necesitamos cambios.
Y hablando de cambios, este año quiero cambiar una cosa: escribiré el viaje día a día, o al menos con toda la frecuencia que pueda, en este blog, para intentar dar las gracias de esta forma a toda la gente que alimenta la red con sus experiencias de viaje, sus recomendaciones, sus consejos y sus vivencias. Siempre he sido un parásito de toda esa información para preparar mis vacaciones, y nunca he devuelto nada. Es justo intentarlo al menos.
El mundo es grande, nuestro bolsillo y nuestro tiempo son exiguos en comparación, así que quizá la parte más dura de todo viaje sea elegir el destino, descartar todos las millones de posibilidades apetecibles y elegir un país, una ruta, una ciudad.
Una elección de esta naturaleza tiene mucho de arbitrario, y mucho de prejuicios, imágenes y preferencias que no merece la pena siquiera intentar justificar. Este año el objetivo será Canadá, la zona Este concretamente. Y punto.
Buscando vuelos apareció una oferta, vía TravelZoo Canada, de la compañía Sunwing, para volar desde "las principales capitales europeas" a Toronto por menos de 400 Euros por persona, ida y vuelta. Madrid no figura entre las principales capitales europeas para estos señores, pero con esos precios en los vuelos se lo perdono. De hecho, casi se lo agradezco, porque así hemos tenido la excusa de pasar unos días en Lisboa, que si parece ser capital principal europea, antes de saltar el charco.
A las 11 de la mañana del 4 de Julio, con un poco de retraso, despegamos desde Barajas con Air Europa (unos 60 Euros por persona, ida y vuelta), en un vuelo que, como es hacia el oeste y saltamos una zona horaria, no durará más que 10 minutos.
Aunque la primera mitad larga del vuelo ha transcurrido de siesta - hay que ver lo bien que funciona la vibración de los motores como somnífero - despierto a tiempo para empezar la aproximación al descenso. Sobrevolamos el delta del Tajo, más nítido que en ninguna foto del Google Earth, y seguimos sobre las playas del atlántico al sur de Lisboa. Ya estamos lo suficientemente bajos como para apreciar el cambiante color del agua, del verde turquesa en los bancos de arena hasta el azul oscuro de las profundidades, con todas las gradaciones intermedias.
El delta del tajo es un ejemplo de los raros deltas invertidos; esto quiere decir que el río forma una gran laguna en la desembocadura, mucho más ancha que el canal donde
finalmente desagua en el mar. De hecho la sedimentación va haciendo más pequeño día a
día este delta, y un día dejará de ser "invertido", cosa que puede que agradezca si es un río un poco susceptible. Hace miles de años el delta ocupaba más del doble de la superficie actual, y hacía un agujero mucho mayor a la nariz de la península ibérica.
En un giro hacia el norte el avión encara la ciudad, sube los aerofrenos, extrae los alerones y los baja para aumentar la superficie alar y compensar la pérdida de velocidad. A veces el ala vibra y se sacude brevemente, como en una expresión del delicado juego de fuerzas que permite volar a un pájaro de hierro que pesa toneladas y no agita jamás sus alas.
Tomamos tierra, recogemos las maletas, hacemos una breve parada antes de salir del
aeropuerto para conseguir la Lisboa Card, y nos dirigimos al hotel en el AeroBus.
Hace una mañana luminosa en Lisboa, los rayos del sol, ya muy alto a estas horas, no
queman tanto como en Madrid gracias a la brisa atlántica. A mediodía casi no llegamos a los 30 grados, a pesar de estar ya en en Julio, gracias al efecto regulador de la temperatura del océano. Por eso, y por muchas otras cosas, pasear por Lisboa es un placer.
Tras instalarnos nos vamos a dar una vuelta y a buscar un sitio para comer. Salimos del metro en Terreiro do Paço, con el tajo hacia el sur y la plaza del comercio al norte. La plaza del comercio es inmensa, se abre totalmente al tajo en el lado donde estamos, y da entrada a la Baixa por el arco del triunfo de la Rua Augusta. El centro está presidido por una estatua ecuestre de bronce de Jose I, montado sobre un caballo con la pata derecha en el aire, que debería significar que murió por culpa de una herida de combate. También se dice que cuando los caballos de las estatuas se esculpen con las cuatro patas en tierra es porque el personaje representado murió en la cama, mientras que si están levantados sobre las patas traseras es porque el infausto jinete dio la vida en batalla.

El hecho es que hay multitud de estatuas que ignoran estas reglas, sin ir más lejos la del propio Jose I, que murió por causas naturales, y deben su configuración más bien a las preferencias del artista: los barrocos sentían debilidad por los caballos con las dos patas delanteras en el aire por el desafío técnico que suponían, mientras que luego, en el siglo XIX, los alemanes imponían criterios diferentes, según los cuales la inmortalización sobre caballos levantados sobre las patas traseras quedaba reservada solo a los más grandes monarcas.
Toda la ciudad actual de Lisboa debe interpretarse alrededor del un hecho trágico que le ha marcado durante siglos: el demoledor terremoto de 1755, que arrasó la ciudad y acabó con la vida de entre 60.000 y 100.000 personas. Sobre la plaza en que nos encontramos, que es terreno ganado al mar, se levantaba el Palacio Real hasta el momento en que el terremoto lo destruyó, junto con su biblioteca de más de 70.000 volúmenes.
El terremoto tuvo su epicentro en el Algarve, pero fue en Lisboa donde se manifestó de forma más violenta, con varios temblores violentos primero y un maremoto desde el atlántico después, que provocaron incendios por toda la ciudad. Se ha calculado que el seísmo alcanzó un 9.0 en la escala de Ritcher, igual a la magnitud del terremoto de Japón de este año.
José I fue el monarca que dirigió los trabajos de reconstrucción, o más exactamente el Marqués de Pombal, en quién delegaba casi todas sus responsabilidades de gobierno y en honor del cual se construyó la plaza que lleva su nombre, situada ahora en el centro de la Lisboa moderna. El arco del triunfo de la Rua Augusta también se erigió en aquella época como símbolo del éxito de la reconstrucción tras el terremoto.
Comemos en un pequeño restaurante cerca de la catedral llamado Rio Coura. El sitio es
Portugal en estado puro, pequeño, modesto, con manteles de papel y mesas demasiado
juntas. Mientras esperamos en la barra pasa uno de los camareros hacia la cocina llevando un salmón de unos diez kilos en la mano. La cocina es sencilla, económica y honesta, el arroz con bacalao es delicioso, como la dorada a la parrilla acompañada de verduras, siempre en su justo punto de cocción. Creo que los postres están bien, pero a eso ya no llegamos.

La tarde-noche se fueron paseando por la Baixa y contemplando la ciudad al anochecer
desde el mirador de San Pedro de Alcántara. Lisboa de noche merece la pena, hace casi frío a pesar de ser Julio y las calles del centro hierven de actividad como en pleno día: la plaza de Restauradores, el largo de Chiado, el café A Brasileira, siempre con música alrededor.
Lisboa, 5 de Julio de 2011
| Informaciones prácticas Hotel Turim Iberia Lisboa (4*): Habitación doble estándar con desayuno: 55 Eur/noche. Junto al metro de Campo Pequeno, donde también para el AeroBus, para ir y volver del aeropuerto en unos 15-20 minutos. El hotel es agradable y una gran opción por el precio, aunque el desayuno es justito y la wifi funcionaba regular. Restaurante Rio Coura: Rua Augusto Rosa 30. Gran relación calidad precio, muy bueno el arroz con bacalao, el arroz con marisco, los pescados... en general casi todo lo que se pueda encontrar en la carta. 2 personas, 28 euros con café y sin postre. Restaurante Valentino: Rua Jardim do regedor, al principio de la plaza de Restauradores. Italiano bien decorado y con buena comida, especialmente la pasta fresca. 32 Euros, dos pers. con café y sin postre. Lisboa card: 12 Eur/día. Transporte gratis en metro, tranvía y autobús, descuentos en museos y actividades turísticas por Lisboa. Se puede adquirir en el aeropuerto |
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